sábado, 20 de agosto de 2016

Suena Londres en mis vacaciones

Mientras escuchaba la canción Smother, de Daughter, me ha venido a la cabeza un recuerdo, un viaje a un país europeo. Aunque la historia que narraré a continuación no será real, el estado de ánimo que describo sí. Será la creación de una historia ficticia, que a su vez ocurre en un país que visité realmente, con un sentimiento personal que me hubiese gustado vivir. Confuso, sí. Pero molará.

It’s just medicine, suena ahora mismo en mi Iphone. Estoy esperando en el semáforo de Oxford Street y el cielo se ha vuelto muy gris. Saco el paraguas cuando noto en mi tez las primeras gotas, delicadas, de lluvia. Y el semáforo reverdece. Y yo cruzo con tranquilidad entre la multitud.

You' ve got a warm heart, you've got a beautiful brainSuenan tambores en el cielo, suenan silbidos en los coches. Y en las personas un rugir extraordinario. El calor humano se agradece en un 3 de febrero en la ciudad londinense. Rozamos los abrigos y las manos, y puedo escuchar las canciones de la gente desde sus cascos, la mayoría marca Sony. Suena The Clash, suena el “Boss”, suena Enrique Iglesias, suena jazz y suena Oasis- Wonderworld.

Compro en Pizza Hut Delivery un cuarto de pizza y una Coca cola porque, además del frío, caminar me provoca un hambre feroz. Y he quedado con mi novio en la entrada de China Town. Cada martes a esta hora me gusta pasear por allí para comprar todos los productos orientales que han exportado a la metrópolis. En Tottenham Court cojo el metro y me bajo en Picadilly. Sigo caminando y observando todo. Me gusta fijarme en los andares de los demás: una mueve mucho el culo, como yo; otra no se da cuenta que llevar shorts y medias rotas en unos jamones bien carnosos provoca ser el centro de atención de los mil viandantes en este momento. Un niño camina con las piernas muy abiertas, como su padre. Tendrá las piernas arqueadas.

Llego a barrio chino y mi novio lleva esperándome 14 minutos y 23 segundos. Los cuento porque si no exagera y dice que lleva media hora posado en la pared.

Pongo el moflete izquierdo en su boca para que me dé un beso. Casi siempre lo hago. Y nos cogemos de la mano mientras le arrincono a los escaparates para ver qué hay hoy en el mercado. De repente empieza a llover mucho y él no lleva paraguas, así que compartimos uno. Uno muy pequeño que compré hace unos meses en H&M. 

Son las cinco de la tarde y la noche se aproxima con velocidad a nosotros. Esto, como decía reiteradamente un profesor mío de la universidad, "en otros países de Europa no pasa". Y me refiero a países del sur, porque los del norte son peores que Inglaterra.

Llevamos juntos cuatro años y dos meses y se nos plantea casarnos pronto, pero el tiempo pasa y a los dos nos da un poco de pereza ponernos a organizar todo y reunir a familiares y amigos. Él lleva dos años trabajando en una empresa de diseño web y yo en otra en corporación. No se trabaja mal, al menos no nos quejamos todavía. Y nuestros horarios son agradables. Tenemos toda la tarde para hacer cosas, ir a cenar y dar paseos. Las compras las dejamos para los momentos solitarios. Al menos yo.

Aunque no tenemos hijos, cuidamos a dos perros, dos bulldogs franceses negros. Inseparables. Uña y carne.

Por cierto, me llamo Chloe y el Stefan. Somos franceses, parisinos. Capitales, muy céntricos y cosmopolitas.

A Stefan le encanta Londres y sus famosos fish and chips. A mí no me gustan, pero los del Great British me encantan. Me comí hace un mes uno enorme, una merluza. A pesar de ser un restaurante ubicado en el mismo London Eyed, debo decir que todavía no he probado esa atracción. Me parece muy cara y muy lenta.

Ahora son las ocho y media y llegamos tarde a cenar. En casa hemos preparado una ensalada de lechugas, tomates cherry, aguacate y queso. De segundo una tortilla revuelta con tomate. De postre un brownie a medias.
Nuestra casa es de alquiler, en Clapham. Tenemos un inmenso parque justo enfrente y el metro muy cerca. En verano solemos cenar en la terraza porque tiene un decorado muy minimalista, con madera clara y decorado delicado. Algunas plantas en el suelo y nuestras bicicletas de paseo colocadas en la pared. Pongo velas de vainilla y a él le dejo poner la música. Su música es mi música. Hoy suena The Smiths.
Después de la cena tenemos sexo intensivo. Hoy es un día especial porque es martes, un martes más que estamos vivos. Rozamos nuestros cuerpos entre las sábanas blancas. Me coge de la mano y yo de la suya y nos besamos mientras gimo.
El café del día siguiente supo a día libre. A viaje inesperado, a vacaciones de verano. Stefan me hizo dos tostadas con york mientras yo seguía removiéndome en la cama a las once de la mañana. Al final vino a buscarme, me cogió como coger a un niño cuando está dormido en el sofá, y me colocó en el sofá para desayunar. Hoy empezaban nuestras vacaciones.

Nos íbamos a Mallorca.

Angie R.

jueves, 7 de julio de 2016

Los domingos son míos

La cama me reclama, pero son las ocho de la mañana y me espera un día largo. Ahora empieza mi domingo, como cada domingo de la semana. Como cada domingo del mes. Quizá algún domingo fui infiel yéndome de viaje a Barcelona, Sevilla y Teruel – porque fui a visitar a un familiar – , pero este domingo soy fiel a mi ritual.
Me gusta lavarme los dientes antes de desayunar y hacer pipí cuando termino la última tostada de mi plato de plástico, de esos infantiles que teníamos cuando éramos más pequeños. Todavía lo conservo. Vestirme está sobrevalorado si no es para salir a la calle. Incluso para tirar la basura debería prohibirse salir de casa con ropa de calle. No, por favor, pijama siempre.
Me traen el periódico a eso de las ocho y media pasadas y mi leche marca blanca desnatada está casi hirviendo, como a mí me gusta. Las tostadas están todavía en la tostadora y hoy dejo el café para probar algo diferente: leche sola con cereales.
Abro el periódico porque la portada no me ha llamado la atención, y cuando estoy en la segunda página vuelvo a cerrar el periódico porque quiero abrirlo por detrás.
En cultura nada se cuece. Más que mirar los titulares, miro el nombre del periodista y luego el titular. Hoy parece que hay muchos suplemento y eso me gusta. Dedico más de cinco minutos a leer un reportaje de dos parejas entrevistadas para que expliquen al lector sus claves para mantener viva la pareja. Siempre me han interesado leer esos reportajes porque me parecen ridículos. Y porque al final siempre lo comparo con mi relación y pienso: “¿Y yo hago esto?”, “pues ella no me dice nunca esas cosas”, “ah, que se tiene que dormir así para avivar la llama?”. Al final me como la cabeza y dejo de leerlo.
Otro de los temas interesantes del periódico de los domingos es leer a los grandes reporter@s que siempre consiguen arrimar al lector durante más de 7 minutos. Una mujer que vivió un infierno durante veinte años, tal otra que trató con nazis mega malos, y luego están las actuales: jóvenes que explican su situación en Turquía, una mujer anónima que sufre violencia de género. Aquí la lectura acompaña mi desayuno. O mi desayuno a la lectura, mejor. Porque el desayuno lo considero la comida más placentera. Vas a la cocina con un hambre feroz cada mañana, como decía en su poema Alberto de Cuenca.
Mi novia a veces piensa que soy bastante sensible, cariñoso y mono, en el buen sentido. Ella es todo lo contrario. Cariñosa sí, sobre todo en las siestas. Ella se toma las siestas como un manjar de ricos. Sin las siestas se sentiría muy vagabunda.
Ahora el turno es para la sección local, me interesa la política aunque no me guste mucho hablar de ello y en el fondo nunca me especializaría en eso. Pero me gusta, de verdad. Cada día lo leo porque esto de las coaliciones me flipan. Todo este cachondeo de hacer amigos para que se unan a mi grupo me recuerda a las votaciones semanales de Gran Hermano. Todos se ponen en el sofá y tiene que pasar por la cabina para votar a su compañero. Muchos de ellos se reúnen o intentan convencer al otro para que voten a menganito, y menganita se lo piensa con su amiga par ver qué hacen. Eso sí, uno de ellos al final gana esa semana la inmunización – se salvan siete días de que le vote – y ha sido gracias a hacer amigos, a unirse y así ganar. Fácil.
Ahora la política está igual y me hace gracia. Parece un reality show.
Cierro la prensa porque es el momento de poner música. Elijo el repertorio, pero casi siempre pongo lo mismo, a no ser que haya algo que me interese en la radio. Cuando me canso, a los 10 minutos más o menos, cojo el ordenador y me siento en una silla del comedor,pongo música desde Spotify, abro Chrome y busco las letras de las canciones en inglés porque me gusta aprenderlas. Y así hago algo de inglés.
Si es verano, sobre el mediodía, me pongo el bañador y quedo con alguien para ir a la playa. Aunque a mi novia no le guste mucho, a mí me encanta. Luego le recompenso comprándole algo y listo. Los planes con ella son muy divertidos. No hay casi nada planeado y cuando nos apetece algo, lo hacemos. Casi siempre digo sí a lo que ella dice y ella dice sí a lo que yo digo. ¿Un helado? “Sí”. ¿Vemos ropa en Levis? “Sí”. ¿Cenamos fuera? Quiero ir a este bar que me gusta. “Me gusta!, vamos”. Quiero peli. “Y yo, vamos”. Es todo guay.
Para los viajes, lo mismo. Somos un poco culo veo culo quiero, sobre todo ella. Casi siempre me apetecen festivales y si es fuera de mi Comunidad mejor. Sobre todo el norte, nos gusta el norte. Me gustan los viajes así. Y nos lo pasamos bien, aunque esta vez sí lo planificamos.
Como hoy hace buen día, me voy a la playa. Hoy sola. Y voy con ansiedad al agua. Es como un antojo, aunque cuando ya estoy dentro al poco quiero salir y tomar el sol. Paso casi una hora y me vuelvo a meter porque me entra el antojo de agua. Luego salgo y continúo leyendo mientras me seco porque odio no secarme del todo.
Los planes por la noche me molan más y en verano. Adoro verano y el calor. De hecho siempre me ducho con agua casi hirviendo y a mi Mujer no le gusta, a ella le gusta fría, congelada. Salen trozos de hielo de la alcachofa. Es increíble os lo juro. Cuando es de noche la casa se me vuelve poco acogedora, me incita a salir y no volver hasta muy tarde. Siempre le digo a mi novia de salir a tomar unas cañas, aunque a veces le cuesta decir que sí porque no le gusta salir conmigo en ese plan. Y me parece bien. Pero la caña intento que nunca falten. La cerveza es un Dios que se apodera de nuestra libertad. Aunque debo admitir que en el verano me gusta más el día. El día de cada estación me gusta más. Sobre todo esos paseos a media tarde cuando todavía hay sol pero no tanto calor. Me gustaría que hubiesen parques como Central Park. Iría todos los días para hacer mil cosas, desaparecería durante unas horas y tendría que venir mi novia a buscarme – aunque sudaría, sinceramente –. 

No se puede luchar contra el amor, porque el amor se sobrepone a todo, con todo mi pesar oye. Pero es así. En cambio leyendo prensa por la mañana se te puede ocurrir empezar con hambre esta mañana y, quieras o no, es el momento perfecto para planear tu día aunque en el fondo todos sabremos que seguirá siendo un día improvisado. Pero al menos lo habremos intentado abriendo la primera hoja del periódico.



Angie R.

domingo, 5 de junio de 2016

Él también estaba cansado

Cansados. Cansados y malhumorados. Cansados de pasar el día en el trabajo, en el metro o en el ascensor. De ver amanecer y anochecer en menos de veinticuatro horas. De abrir la caja de los cereales y echártelos en la leche, fría y desnatada. De sacar la basura cuando la bolsa está a rebosar. 
Cansados. Cansados del frío que recoge tu coche, o del calor que se incuba en tu habitación cuando enciendes el radiador en invierno. Cansados de todo; de la vida, de los viernes por la noche, de las comidas familiares y los paseos por la playa. Cansados. 
Cansados de estar solos y perdidos; y a veces de querer tener mujeres para llenar un vaso de agua más. Quizá de leche, desnatada. 
Cansados de mirar por la ventana y escuchar, de fondo, el piano del vecino. Ludovico Einaudi, “Una mattina”. Y te acuerdas de poner el despertador y madrugar. Cansados estamos de madrugar. De hablar en plural para sentir que no estás solo. 
Cansados de quedar con los mismos, de buscar lo mismo y no querer nada. De apagar la luz y abrir los ojos; de taparte y sacar una pierna por debajo de la sábana. De abrazar (te) mientras duermes.
Cansados de dormir.
Cansados. 
En cambio no estamos cansados de la siesta. La siesta es el manjar de los vencedores, de “el grande”, de Muhammed Ali o de Bukowski con su novela de mujeres. La siesta, la esfera paralela a la vida. La tranquilidad y la calma. La cumbre del día. 
En cambio no estamos cansados del café de las doce y media. El café es una máquina de follar, establecer un vínculo con tu “yo” durante quince minutos. Esa melodía sincrónica agilizando las horas de cansancio. Como el “Fly” de Einaudi, como un golpe fantasma de Alí o un disparo inesperado en una oficina de detectives. 

No estamos cansados, en cambio, del cambio. De comprar un coche, de cambiar los zapatos. De buscar casa y entrar en diez pastelerías al día. De comerte brownies debido a ese mismo vacío. 
El cansancio del vacío, como una repetitiva alegoría de tu realidad. Cansados. Y un día me ves y reconoces tu esfuerzo por seguir despierto; por seguir mis pasos, que son los tuyos. Intentar cambiar porque el cambio nos gusta. El cambio “dieciséis”. 
Nos miramos y nos miramos, sin dejar de pestañear. De ver las bocas asimétricas, de los brazos colgados, la nuca desdichada y la piel tímida, de esas incapaces de exponerse fuera de la ducha. 
Y estás solo y lo único que quieres es buscar la pluralidad de la conversación, de aparentar la realidad, platónico pensador de los sueños. 
Y ves el daño, la soeza de un mensaje y la audacia de tu respuesta. El daño. Y abres una botella de vino para amenizar el momento, para descomponer armas para evitar hacer el mal. El daño. 
Cansado. Y en cambio cierras la botella y devuelves la vida a los mortales tumbándote en la cama, mientras apagas la luz y cierras los ojos. Te dejas caer y te olvidas de la alarma capaz de salvarte de una siesta profunda.  

Angie Ramón 


viernes, 29 de enero de 2016

España no es un pas de deux , sino un manojo de opciones

En 1789 comenzó la línea separatista de la ciudadanía. La Asamblea Nacional Constituyente
aplaudió la Carta Magna y el juego comenzó: un corralito a favor del derecho del Rey a vetar las
leyes aprobadas por el Parlamento se colocó al lado del presidente; otro corralito, en desacuerdo, se
colocó alejado del presidente. Así comenzó el debate entre conservadores y progresistas.
“Díganlo como quieran, pero sí existe derecha e izquierda”. Así se titula el artículo de opinión del
periodista Siscu Baiges para El Periódico. Y no es cuestión de años acabar con el bipartidismo que
lleva tiempo implantado en España. Es cuestión de conocimiento, experiencia y, sobre todo, de
empaparnos de información para llegar a una conclusión final sobre nuestra historia política. Tiene
razón la periodista Rosa María Calaf cuando dice en una entrevista para Eldiario.es que “el gran
mal de nuestra civilización es que no nos hacemos preguntas” y si no se llega a eso “al final se
consigue lo que decía Napoleón de que el pueblo no tiene que ser libre sino que tiene que creer
que lo es”.
Estamos en un momento de transición. Otra transición, llámenlo como quieran. Pero es un cambio.
¿Por qué? Porque la nueva generación ha nacido espabilada, porque está, en palabras del periodista
Antonio Lucas, “deshaciendo tímidamente el gulag ideológico del corralito bipartidista”.
Hoy venimos más dispuestos que antes y un pilar importante de esto ha sido la tecnología que ha podido desvelar problemas para no dormir, como lo de las tarjetas black, las
cuentas en Suiza, la camarilla de corruptos, etc. Y hemos puesto en duda la historia de dos
corrientes “que emocionó a Spielberg” durante más de dos siglos.
Pero, ¿hay realmente valores morales que se identifiquen con un bando u otro? Sí, y se llaman intereses o valores más que una ideología en sí. Dicho esto, nosotros conocemos- o más bien relacionamosque la parte conservadora- la derecha- vela más por los intereses económicos, porque el rico sea más rico, que las empresas triunfen en el mercado y que siempre lo tradicional funciona; mientras que la banda opuesta- la izquierda- busca un cambio porque la mayoría de la sociedad no pertenece a ese clan de ricachones. Y es la mayoría que se apoyan entre sí para optar a una sociedad
equilibrada y con las mismas oportunidades que el resto de (in-) mortales. “Lo único que existe son
los de arriba y los de abajo, y los de abajo- los de Vallecas y los de L’Hospitalet- somos muchos
más”, dijo Pablo Iglesias en su mitin en el Valle de Hebrón.
A través de esa oleada que impulsa el cambio en los regímenes políticos han surgido nuevas
entidades de liderazgo, aunque emanando de una línea de preferencia u otra. Siempre unos querrán
“avanzar, renovar, progresar, otros querrán dejarlo todo igual o dar marcha atrás”. Así, en vez de
llamarles “Oye, que eres de izquierda”, podremos decir “señor, es usted progresista, rojo, pragmático o estatista, si lo prefiere”. En estos tiempos -modernos y en un cambio universal- las categorías derecha e izquierda ya no guardan ningún sentido relevante, por lo que hablar de tales conceptos constituye un anacronismo incapaz de representar la complejidad y heterogeneidad de dichas ideas. Es una falacia lo que Daniel Bells habla del “fin de la ideología” o cuando Francis Fukuyama aludía al “fin de la historia”.
No es fin de la ideología, sino fin de dos conceptos introducidos en la RAE que ha separado la
mentalidad de la humanidad para volcar la historia en una división constante, como una especie de
método para manejar mejor el mundo. Hay que romper con la tradición, imponer el cambio, y ese
cambio se ha notado en las nuevas generaciones. Por ello, estamos en una transición brutal. Los
nuevos partidos se guía por la izquierda y la derecha, como nombres simples pero que, al final, los
identificamos según una forma de pensar u otra. Pero siguen siendo nombres. Por ello, los nuevos
partidos irrumpen la tradición del bipartidismo, lo que no quiere decir nuevas ideología que
aparecen por arte de magia.
Todas las corrientes doctrinales emergen de la historia. Mientras Podemos, IU, Compromís, Bloc,
ERC, etc siguen un pensamiento más progresista, social, igualitario, en definitiva, izquierdista,
otros serán más reformistas- que no progresistas-, estatales, empresarios y poderosos. Unos más
extremos y otros menos, pero al fin y al cabo son ideologías que se han implantado a lo largo de la
historia y todo cambio que se haga tendrá conexión con el pasado.
Lo cierto es que, como dice Agustín Laje, el principio de todo será admitir que estas categorías
calificativas, gusten o no, jamás perdieron su relevancia”. Ni lo harán.
Así que en conclusión, la derecha e izquierda no significan sólo ideologías. Quien piense que sí está
equivocado porque “reducirlas a la pura expresión de un pensamiento ideológico sería una injusta
simplificación, pues también indican programas contrapuestos respecto a muchos problemas cuya
solución pertenece habitualmente a la acción política. Se trata no sólo de ideas, sino también de
intereses o valores”. No lo digo yo, lo dice Norberto Bobbio.
Esta verbena de las generales empieza a tener gracia. Solo falta que los nuevos triunviratos no crean
en el psicoanálisis de los resultados como un fin. “Lo decente es ponerse a currar cuanto antes sin
caer en la soberbia del depositario de la verdad. Eso ya lo hemos tenido y miren qué festival”. No lo
digo yo, lo dice Antonio Lucas.

Angie R.

martes, 29 de diciembre de 2015

La breve historia de Elia

"Camino sola bajo el sol del invierno. Hojas caídas se amontonan en mi camino, entre mis pies descalzos, inundando el sendero de piedras, afiladas, agrietado por las guerras, los caminantes sin rumbo y la sangre derramada. Un viento de poniente eleva mi telilla de muselina oscura, descompuesta de las batallas continuas por huir de un mundo, un mundo agridulce del cual no quiero pertenecer. Me voy para no volver.
Es de noche y el frío se apodera de mi durante unas horas. Estoy congelada, no siento las manos y quiero descansar. De pronto, una aldea, pequeña y despoblada, se sitúa a media legua desde donde estoy. Me apresuro para llegar lo antes posible".
Noche en la aldea, leña abrasadora
Celia, una mujer mayor, risueña y trabajadora, me invita a pasar la noche dentro. Ceno leche, pan de centeno y uvas verdes, mientras una pequeña princesita deposita la mirada en mi (<>, pienso). Mientras la leña aviva las llamas del fuego, la princesita, sigilosamente, se sienta a mi lado, inquieta y ansiosa por saber quién soy, de dónde vengo, por qué estoy en su casa. 
- No te asustes, pequeña. Me llamo Elia, vengo de muy lejos, de la otra parte del lago. ¿Y tú cómo te llamas, princesita?
La niña de ojos saltones me mira fijamente, dispuesta a contestar, pero acechada por mi desconocida llegada.
- Me llamo Amalia-. Y se hizo el silencio durante unos minutos. - ¿Por qué te has ido de tu casa?, dijo Amalia con todo dulce, más tranquila y relajada.
En este momento no supe qué decir, si la verdad o la mentira, si enseñar mi pasado a través de mis ojos, mis temores en mis lágrimas o mi dolor en mi llanto. No supe qué contestar, no supe qué era lo correcto. Necesitaba sonsacar mi fuerza y ser, por un día, débil, consumida por la vida.
- No creo que quieras escuchar mi historia, Amalia. No me quedaré aquí mucho tiempo, así que prefiero que me recuerdes como una amiguita que una vez compartimos chimenea en un duro invierno de 1653.
Lluvia fusionada con sangre 
A la mañana siguiente me desperté viva. Una gran noticia. Abrí la puerta con cautela, cogí dos trozos de pan, un cuarto de queso y me escapé sin dejar rastro. Mi camino continuaba, tenía que llegar hasta las últimas montañas de la cordillera para ser libre. Durante el viaje, una nube descendió y empezó a llover mucho. Mis pies humedecidos, la ropa manchada de barro y agua y el camino ya empezaba a ser dificultoso para continuar. Pero enseguida encontré refugio, una cueva deshabitada, aunque no garantizaba protección ante los monstruos que me estaban buscando. Así que decidí coger ramas partidas que tapaban gran parte del bosque para improvisar una valla entre la cueva y yo. Elaboré una lanza con madera humedecida de roble, y la tallé con una piedra afilada. Ahora podía descansar tranquila hasta que dejara de llover.
La noche, pesadillas y soledad eran mis temores desde que tuve uso de razón. Preparé una hoguera para calentarme, pero no podía desmoronarme mucho; aún tenía un largo camino y los monstruos se aproximaban. Cogí un trozo de tela, la armé a la lanza y prendí fuego. Cogí las herramientas de defensa que había creado y, mediante un cinturón improvisado, los anclé para que no se cayeran. Escapé rápidamente, no podía desmoronarme más.
Dos horas habían pasado ya. De pronto me tropecé con un ciervo degollado, con la sangre aún fresca <>, pensé. Arranqué su gruesa piel con una de mis herramientas y me revestí de ella para camuflarme entre el bosque. Caminé y caminé hasta que alguien me cogió por detrás. Me dormí. 
La tribu Kúbrik 
La tribu Kúbrik pertenecen a los Massois que habitaron gran parte de los bosques del Este durante décadas. Era gente guerrera, de tez albina y melena larga, muy larga. Las mujeres se recogían el cabello haciéndose una espiral gigante y amarrándolo con dientes de jabalí; los hombres se dejaban la melena suelta, como parte de un ritual de sus ancestros.
- ¿Quiénes sois? ¿Dónde estoy?
- "Kulahe manaji trukino Kúbrik ankiroj nsá"-. No entendía nada, pero deducí por la palabra "Kúbrik" que eran la tribu de los bosques del Este.
- Necesito irme, por favor, dejadme marchar-. Ellos tampoco me entendían, pero por mi forma de suplicar, notaron que algo pasaba.
Me llevaron a una cabaña repleta de mujeres desnudas, rozando sus senos entre ellas. Se besaban, se masturbaban, lamían sus cuerpos unas a otras mientras el fuego ardía en el centro. Dos Kúbrikos no me dejaban salir. Empecé a chillar, queriendo escapar de esa odisea abstracta, pero cuando me di cuenta ya me habían arrancado mis prendas.
A la mañana siguiente, antes de que el sol amaneciera, cogí prendas más resistentes que encontraba en la superficie, dos cuchillos afilados, una lanza de metal y un poco de comida y agua.
Todos estaban dormidos, pero sabía que en poco tiempo despertarían. Así que empecé a correr colina abajo, sin mirar atrás, corriendo como un relámpago para despejarme lo máximo posible de ese territorio.
Tres disparos en el camino
"Cada vez estoy más cerca de mi destino, la últimas montañas de la cordillera, mi pasaporte para la libertad, para liberarme de un pasado indeseado, doloroso e injusto. He vivido muchas atrocidades, desde mi infancia, hasta defender mi supervivencia para  llegar a mi destino. Hoy noto más cerca el aire de las montañas doradas".
Habían pasado ya unos días desde que huí de la tribu Kúbrik. Cacé ciervos, pesqué, pasé mucho miedo por las noches; me refugiaba escalando árboles, buscando cuevas, construyendo techos de madera. Pero no ha habido movimiento de humanos, lo que significa que es una buena señal. <>. El sol comenzaba a esconderse cuando en mitad del camino un hombre con aspecto robusto, muchas capas negras por su cuerpo y un antifaz tapando su rostro se posó frente a mi. 
- ¿Te has perdido, preciosa? Te puedo llevar a casa...
- Te doy diez segundos para se salgas corriendo, desaparezcas de mi vista y no vuelvas a pisar este camino nunca más: 1, 2, 3... - empecé a contar, de forma muy agresiva y preparada para cualquier ataque.
(Carcajadas continuas)- ¿Pero quién te crees que eres, preciosa? Te voy a enseñar a respetar a los hombres solitarios armados.
Sacó su pistola y empezó a tirotear hacia mi. Pero me adelante, me agaché y le alcancé antes de que lanzase su segunda bala. Cayó al suelo, saqué mi navaja y le degollé.
La sangre recorrió unos metros, pero luego se perdió entre el pastizal de los lados. Limpié mi navaja, la anclé a mi cinturón y continué el camino.
La bienquerida
"Un día más acechando a la muerte". A dos leguas se encontraba mi destino: un conjunto de montañas doradas, resplandecientes y grandiosas me acogerían en su ciudad. Ya notaba el aire puro, el aire de la felicidad. No podía esperar más, así que aligeré el paso.
A medida que me acercaba, la primavera parecía haber llegado por las flores silvestres, los árboles rebosantes de brotes y un sol radiante que alumbraba mi vista.
Cuando llegué a la puerta de la ciudad, la gente era diferente a cómo me la imaginaba. Su vestimenta era elegante, como si salieran de un reino, con cabellos oscuros, vestidos de seda y había mercados de alimentos en todas las esquina. Las casas eran de cemento, marrones y decoradas con colores llamativos- rojo, verde, amarillo y blanco-. Cuando entré, los aldeanos se quedaron estupefactos por mi aspecto, mis lanzas y herramientas de batalla, la sangre, aun húmeda, en las prendas. Algunos hombres me cogieron y me llevaron frente al líder, y entonces fue allí cuando tuve que explicar toda mi historia: quién era, de dónde vengo, por qué huí...
Señor, permítame que me presente. 
Me llamo Elia, hija del Rey Angustiu Khaar y Sophiaa Khaar. Mi madre fue asesinada cuando yo tenía 4 años, y durante mis últimos 18 años he vivido con mi madrastra, una mujer cruel, diabólica, que ha corrompido mi reinado, destruido los recuerdos de un imperio justiciero y democrático. Cuando tenia 12 años fui brutalmente torturada por mi ella, hasta que un día pagó a mercenarios para que me violaran un par de veces al día. Los últimos años los he pasado en una cárcel, sin ver el sol, pero preparándome para atacar. Por eso, hace una semana que huí rompiendo los barrotes de la ventana cuando en ese momento unos carroceros transportaban el cadáver de mi padre entre un montón de paja. 
Cuando vi semejante acontecimiento, no pude resistir el dolor que tenía en mi interior. Cogí una espada, corrí hacia mi madrastra y la apuñalé cinco veces el corazón. 
Llevo huyendo una semana en busca de las montañas doradas, para liberarme del pasado y comenzar de nuevo. Os pido, por favor, que me adoptéis y prometo ser fiel a mis nuevas raíces. 
(Silencio en la sala). Un aplauso. Dos aplausos. Un abrazo.
- Bienvenida, querida- dijo el líder.
Por fin había saboreado la libertad. Inspiré intensamente y, por fin, respiré.
Muy fuerte.


















Angie R.










sábado, 24 de octubre de 2015

Cien años y un día


Un cielo grisáceo, sin nubes. Un cielo limpio. Una vela entre la arena, clavada con fuerza esperando la noche. En la Costa no hay nadie, pero sí un piano. Un piano grande, negro y de madera robusta. Las olas revolotean el agua, jugando como críos de 100 años. Las olas están nerviosas porque una vela está clavada justo en mitad de la costa. Perfectamente colocada, porque hoy es el día. 
Hoy es el día en que las estrellas volarán por el universo como una oleada de destellos blancos, como un conjunto de deseos interminables. 
La oscuridad se aproxima cada vez más y las estrellas comienzan a brillar con mucha intensidad. El cielo se convierte en un bonito cumpleaños de luces. Una explosión de fulgor muy intensa acompaña al mar, culpable de la soledad, de las desgracias, de sus cien años vividos y un día muerto. Pero hoy es especial. 
Hoy los búhos duermen por la noche y los cangrejos salen a cazar. Hoy el viento sopla de espalda, sin tocar la vela. 
Una sombra deja caer su sombría figura a un lado de la vela. La enciende delicadamente y vuelve a mirar el horizonte, de frente, mientras sus ojos brillan profundamente por esa alegoría de colores y luces trajinando por el universo. 
Tengo dos mil razones para convertir esta noche en la más especial. La vela y la sombra comienzan a dar claridad a la playa. Pero hay alguien más. Una sombra, perfilada, simbólica y grisácea, camina ligeramente hacia al otro lado de la vela. Con un gesto prudente , la segunda sombra apaga la vela y la vuelve a encender. Y la primera sombra la vuelve a apagar. Ambos se quedan con la mirada fija, anonadada, perdida. La segunda sombra enciende la vela, pero la primera sombra la vuelve a apagar; y así veinticinco veces en un día; y así pasan cien años. 
La vela está consumida por el fuego. Es la hora de enterrarla y levantarse de la playa. Hoy el día, el gran día, se ha acabado. 
Llueve. Un día grisáceo, sin nubes. Un cielo limpio. Hay arena sin vela, sin estar clavada esperando la noche. Pero sí están las dos sombras, con la mirada congelada, y la primera sombra le coge la mano a la segunda sombra. La segunda sombra se levanta y la primera también, pero se vuelven a sentar, pues quieren ver 100 noches más.  Así que se tumban como dos enamorados, como dos descubridores incansables. Las dos sombras están congidas a través de sus manos cuando las olas del mar crecen y devoran la arena; destruyen todo. 
Las dos sombras se van hundiendo, poco a poco, sin prisa y en compañía. Los dos clavan una última mirada al cielo. ¡Y qué cielo! Azulado, intenso, impresionista y en constante movimiento
Hoy es el día, el primer día. Hoy las almas no mueren porque avanzan hacia la espiritualidad. Hoy los pinos no crecen por la oscuridad. Hoy las estrellas no brillan porque quieren descansar. Hoy es el día en que las sombras se han evadido juntas. Hoy son afortunadas por observar el cielo cada noche, porque algún día las estrellas volverán a brillar, y ellos sonreirán, para siempre. 
Por un cuarto, un siglo y nada más. Bueno, y un día más. 
Feliz cumpleaños. 
Angie R.


sábado, 29 de agosto de 2015

Frívolo y Esperanza



Mírame a los ojos. Mírame a los ojos fijamente y no digas nada. Solo mírame. Deja que el mundo fluya por tu espalda; siente el viento jugar con tu pelo corto y sedoso, pero no dejes de mirarme a los ojos.
Cógeme la mano y mírame, riendo, hasta marearnos. Toca el agua del verano, huele a frescor tu tez dorada. Cógeme de la mano, sí. Cógeme hasta besarnos. Un beso sin tocar los labios.
Diez centímetros de distancia son los que separan tus ojos de los míos. Y te detienes para fijarte en lo profundo de mi alma a través de mis ojos, color olivo, dulces como el almíbar. Detienes los nervios de infarto por oír la tormenta acercándose a la costa. 
Y es que aquello que un día quiso que fuera reflejo del amor, un rayo dejó caer el mal entre las olas. 
Pero no quisiste perder la mirada de lo alto. 
Me voy contigo de la mano, me das un abrazo. Me pierdo entre tus llantos melancólicos al saber que yo me voy del mar a sembrar tu recuerdo. 
Un día llamarán para que me mires a los ojos, y recordaré de ti un mar acristalado y un rayo desvariado. 
Angie.R